Claves para comprar madera con garantías

Al Golpito

La clave para la compra de madera A Coruña exige más olfato que escoger una tabla por bonita. La bruma salina, la humedad juguetona y los cambios de temperatura ponen a prueba hasta al roble más fanfarrón, así que conviene pedir papeles antes de dejarse seducir por el veteado. Un proveedor serio mostrará certificados de gestión forestal responsable como FSC o PEFC y, si el destino es estructural, el marcado CE con la clase resistente (C24 en coníferas es el estándar habitual). No es postureo burocrático: esos sellos son el pasaporte que separa la artesanía duradera del experimento caro.

La conversación con el vendedor debería empezar con una pregunta incómoda y simple: ¿qué humedad tiene la madera hoy? No vale el “está seca, hombre”, sino un porcentaje medido con higrómetro y, mejor aún, un secado en horno que deje la pieza entre el 10% y el 14% si va a interior y algo más si vivirá a la intemperie. Una tabla con exceso de agua es una promesa de alabeos, fendas y puertas que se emperran en no cerrar justo el día que llegan visitas. Y cuando el presupuesto es ajustado, descubrir a los dos meses que el suelo baila una muñeira no hace gracia. Pida por escrito el tipo de secado, la humedad a la entrega y el margen de variación aceptado; los buenos maderistas lo tienen protocolizado.

La especie importa, y no solo por estética. El pino radiata local, bien tratado, rinde de maravilla en exteriores ligeros; el castaño gallego presume de durabilidad natural y nobleza; el eucalipto abre una brecha de debate eterno pero, seleccionado y estabilizado, resulta útil en proyectos concretos. Si el plan incluye contacto frecuente con agua o suelo, la conversación se pone técnica: hable de clases de uso según norma europea, pida tratamiento autoclave en clase 3 para exposición exterior y clase 4 si va a tocar tierra o salpicaduras constantes, y exija el certificado de penetración del protector. Un simple sello de “tratada” en la etiqueta no despeja dudas si no viene acompañado de la documentación EN 351-1 y del albarán donde conste el lote.

Hay un truco de periodista de obra que funciona mejor que un discurso: examine los extremos. Ahí cuentan la verdad las fibras. Si ve grietas profundas en piezas nuevas, resina sangrante o nudos sueltos sin encolado ni tarugos, desconfíe. Para mobiliario o carpintería fina, pida piezas cepilladas a cuatro caras, rectitud comprobada y, si es posible, una tolerancia de mecanizado. Un nombre que le ahorra quebraderos de cabeza es “finger-jointed” o lamas encoladas en tablero: menos alabeo, menos desperdicio y más estabilidad dimensional. No es poesía nórdica, es ingeniería de la buena.

La trazabilidad es un concepto que suena a aduana pero se traduce en paz mental. Un proveedor que apunta el monte de origen, la serrería, la fecha de aserrado y el itinerario de secado demuestra que cuida la cadena de custodia. Si importa tropicales, pregunte por la legalidad del aprovechamiento en su país de origen y por la entrada a través de puerto con control EUTR/EDD (el reglamento europeo de la madera). Quien no teme enseñar papeles suele ser quien atiende el teléfono si algo sale mal. Quien esquiva detalles a base de chascarrillos normalmente desaparece cuando la tarima se abre.

Precios y medidas merecen lupa. Compare siempre a igualdad de especie, sección, largo y calidad visual (clasificación por nudos y defectos). Un metro cúbico de pino barato con un 30% de recorte útil por defectos sale más caro que uno correcto que se aprovecha casi entero. Pida presupuesto desglosado con conceptos claros: madera, mecanizados, tratamiento, transporte y, si aplica, instalación. Los céntimos que se esconden en “varios” suelen convertirse en euros. Y nunca subestime la logística: una descarga con grúa o un acceso estrecho en calles con cuestas puede encarecer lo que, sobre el papel, parecía una ganga.

En obras serias, la madera compite con el acero y el hormigón, y ahí la precisión manda. Si va a estructura, exija planos de corte, marcada de piezas, documentación de la clase de servicio y, si hay uniones ocultas, detalles de herrajes galvanizados o inoxidables compatibles con tratamientos salinos. Un par de tornillos ahorrados hoy pueden oxidar una terraza mañana. La corrosión es ese auditor silencioso que no perdona errores, especialmente en ambientes costeros. Pregunte por acabados y mantenimientos recomendados; un lasur microporoso bien aplicado prolonga la vida útil y evita el drama del repintado eterno.

La atención posventa no se mide el día de la firma, sino cuando aparece el primer imprevisto. Agradecerá trabajar con casas que admiten devolución de piezas no usadas, reemplazan tablas torcidas a la entrega y mantienen trazabilidad para reponer del mismo lote. Eso se negocia al principio, no después de instalar media cubierta. Un ejemplo práctico: acordar por escrito la aceptación con inspección in situ, incluyendo tolerancias de alabeo y copas. Si parece maniático, piense que un milímetro hoy es un centímetro de dolor de cabeza en dos estaciones.

No todo es técnico; también está la ética. Elegir proveedores que trabajan con montes certificados, que respetan los planes de ordenación y que tienen relaciones claras con aserraderos locales contribuye a un sector sostenible y a bosques que no se agotan. La madera bien gestionada es carbono almacenado y paisaje cuidado, no un capricho decorativo. Si además la compra se hace a negocios del entorno que responden con oficio, el proyecto suma oficio y reduce huella sin discursos grandilocuentes. La transparencia en origen no se presume, se acredita.

Una última escena útil: visita al almacén. Pida ver el acopio real, no solo el catálogo. Un patio ordenado, con paquetes elevados del suelo, flejado correcto, separadores para ventilación y cubiertas íntegras, habla de procesos. Observe cómo manipulan con carretillas, cómo protegen testas y si etiquetan por lotes. El respeto por la fibra empieza ahí, no en Instagram. Y si puede, toque. La madera cuenta su estado al tacto y al oído: golpee ligeramente, escuche si suena llena, pase la mano y compruebe que no hay pelos levantados que indiquen cuchillas romas o prisa mal entendida. Comprar bien es, en el fondo, una crónica de detalles que, atados con rigor, se convierten en obra que envejece con dignidad y sin sustos innecesarios.