La humedad, las malas prácticas de limpieza o la fricción por el uso cotidiano son grandes amenazas para los suelos de cualquier vivienda. Dependiendo de su material y del cuidado recibido, el pavimento doméstico puede superar los cien años de vida útil. Por eso, es importante esmerarse en su mantenimiento periódico. Esto implica, por ejemplo, pulir suelo en Galicia y otros entornos costeros, ya que esta práctica contribuye a sellar su porosidad, prevenir el agrietamiento y restablecer el brillo y atractivo que presentaba originalmente.
En general, el exceso de humedad es un enemigo para multitud de suelos. Así, en tarimas y superficies laminadas deben emplearse bayetas absorbentes y escurrir la fregona a conciencia, con el fin de prevenir la acumulación de agua en su superficie. De lo contrario, las lamas pueden hincharse y agrietarse con el paso del tiempo.
La limpieza regular puede ser un arma de doble filo cuando se realiza de forma inadecuada. Debe evitarse el agua muy caliente en suelos vinílicos, por ejemplo, ya que destruye sus adhesivos, mientras que en la madera maciza puede deteriorar el barniz. Al elegir limpiadores y abrillantadores, conviene revisar su pH, pues los ácidos dañan ciertos materiales.
Los golpes e impactos de forma puntual no pasan factura a todos los pavimentos, pero en el caso de los cerámicos es una grave falta. La caída de un vaso o de un utensilio metálico puede deslucir su superficie con relativa facilidad.
Sin importar el material, la durabilidad de los suelos mejorará si se minimizan los daños por fricción. Un simple felpudo en la entrada de la vivienda reduce la cantidad de arena y suciedad que termina en las lamas y losetas. Proteger las patas y otras zonas del mobiliario en contacto con el suelo es otra recomendación, al igual que recortar las pezuñas y garras de los animales de compañía.
