Llegar al Monte do Gozo no es solo un hito geográfico; es un estado emocional. Después de días, o quizás semanas, de caminar con el peso de la mochila y el polvo del camino pegado a la piel, subir esa última colina y ver, a lo lejos, las torres de la Catedral de Santiago, te corta la respiración. Pero, seamos honestos: la espiritualidad alimenta el alma, pero el cuerpo pide a gritos una recompensa física. El hambre en este punto es voraz, primitiva.
Muchos cometen el error de pasar de largo, ansiosos por llegar a la Plaza del Obradoiro, pero yo siempre he defendido que el Monte do Gozo merece una pausa larga, una suerte de «última cena» antes de volver a la civilización. Aquí, la gastronomía tiene un sabor a victoria.
Mi primera parada obligatoria suele ser el entorno del complejo del Albergue de Peregrinos. No busques aquí estrellas Michelin ni manteles de hilo; aquí se viene a por la autenticidad del «rancho» compartido. En la cafetería y el comedor del complejo, el ambiente es eléctrico. Hay un bullicio de idiomas y risas que condimenta cualquier plato. Si bien la comida es de batalla —menús del peregrino contundentes, pasta, filetes y patatas—, la cerveza Estrella Galicia fría que te sirven aquí me sabe mejor que el champán más caro. Es el sabor del deber cumplido. Sentarse en las mesas de madera al aire libre, con el sol en la cara y una ración de empanada, es un lujo sencillo.
Sin embargo, si lo que busco es un homenaje gastronómico real, mi secreto es descender apenas unos cientos de metros hacia la zona de San Lázaro, que actúa como el comedor natural del Monte do Gozo. Aquí cambia el juego. Recuerdo vivamente la primera vez que entré en uno de los sitios para comer en Monte do Gozo, como O Tangueiro o A Grella. El olor a leña y a carne a la brasa te golpea antes de entrar.
En estos lugares, el ritual es sagrado: hay que pedir pulpo á feira. No hay discusión. Ver cómo el pulpeiro corta los tentáculos con las tijeras, la sal gorda derritiéndose sobre el pimentón y el aceite de oliva virgen extra bañando el plato de madera, es hipnótico. El pulpo aquí tiene la textura perfecta, ni muy blando ni gomoso. Lo acompaño siempre de unos pimientos de Padrón (unos pican y otros no, ya se sabe) y un buen churrasco de ternera gallega con patatas fritas de las de verdad, no congeladas.
Comer en el Monte do Gozo y sus faldas es el prólogo perfecto. Es el momento en el que dejas de ser una máquina de caminar y vuelves a ser una persona que disfruta de los placeres terrenales. Con el estómago lleno y el café de pota humeando en la mesa, miro hacia abajo, hacia la ciudad que me espera. Santiago está ahí mismo, al alcance de la mano. Pero no tengo prisa. Este banquete, con vistas a la meta, es parte indisoluble del Camino.
